El auxiliar del gimnacio

Esta mañana había ido al gimnacio. Antes que comenzáramos a practicar kenpo, el auxiliar se uso a limpiar el suelo mientras nosotros nos anotábamos en la lista de asistencia. Aquel hombre, vigorosamente, y con su enorme escoba, empesó a trapear el suelo.

Iba y venía, una y otra vez, y denuevo, y muchas veces más, dejando el polvo en un rincón para luego apartarlo. Su cara estaba feliz, arrugada y demacrada, pero feliz. Tenía un aspecto cansado, deseaba terminar pronto, más su espíritu luchador le hacía seguir, sin parar.

Su cabeza estaba nevada, blanca, y por encima se podía ver el casco, y el cuero cabelludo. Quitó unas mesas de en medio, las apartó al rincón de más allá, y suavemente las acomodó en algún lugar donde no estorbaran a algún posible deportista que anduviera por ahí.

Entonces, cuando dejó de ir y venir, llevó el polvo hasta su pala vieja y sucia, lo cojió, y lo tiró al basurero. No parece una ardua faena, pero a él le llenógoso el espiritu cuando vió la cancha limpia, fragante y segura para que comensáramos. Al final, fumó un cigarrillo afuera y se fue. Esta ha sido su labor desde hace mucho, y le alegra hacer esto, porque es lo que le gusta, es lo que sabe hacer bien, es lo que lo mantiene activo, y lo que le da diariamente de comer.

Y no se aberguenza de hacerlo cada mañana, porque es un trabajo digno, que debe hacerle sentir bien

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